
Alexa Pettone: “Las personas trans necesitamos interpretar otros papeles”
La actriz, deportista y activista argentina habló con Ámame Trans MX sobre su participación en En el barro de Netflix, la representación trans en la ficción, su relación con el cuerpo y la necesidad de que las propias personas travestis y trans cuenten sus historias.

Antes de incursionar en la actuación, Alexa Pettone abrió camino en el deporte al convertirse en la primera patinadora trans de Argentina. Su trayectoria como activista la llevó posteriormente a participar en la película Yo nena, yo princesa y en la serie En el barro, producción de Netflix ambientada en una prisión de mujeres.
Sin embargo, para la artista argentina, aparecer en producciones internacionales no es suficiente si las personas trans y travestis continúan siendo representadas únicamente desde la violencia, la prostitución, las adicciones o la marginalidad.
En entrevista con Ámame Trans Mx, Alexa reflexionó sobre los personajes que se ofrecen a las actrices trans, las diferencias que observa entre Argentina y México, el deporte como una herramienta para reconciliarse con su cuerpo y el desafío de construir nuevas narrativas desde una mirada verdaderamente travesti.
¿Alguna vez has sentido que la industria intentó reducirte a tu identidad? ¿Qué personaje te permitiría mostrar una faceta que todavía no conocemos?
Primero, yo vengo del deporte. Soy activista dentro de esa rama y me hice conocida en Argentina por haber sido patinadora y abrir una posibilidad para las identidades trans dentro del ámbito deportivo.
La actuación es algo nuevo para mí. No ha sido un camino sencillo, pero tuve dos oportunidades muy importantes. La primera fue una participación en Yo nena, yo princesa, película basada en el libro que cuenta la historia de Luana. Interpreté a una psicopedagoga y en ningún momento se mencionó si mi personaje era o no una mujer trans.
Después llegó En el barro, de Netflix. Ahí interpreté a una mujer privada de la libertad, peluquera y compañera de otras mujeres trans dentro de un pabellón muy particular. Aunque tampoco se especifica directamente que el personaje sea trans, todo conduce a entenderlo de esa manera.
Considero que muchas veces los personajes que se nos ofrecen quedan reducidos a nuestra identidad y, además, suelen colocarnos en los lugares más oscuros: la prostitución, las drogas, la cárcel o la marginalidad.
Todavía nos cuesta como sociedad imaginarnos en otros papeles. ¿Por qué una actriz trans no puede interpretar a una mamá, una tía, una abuela, una directora de escuela o una empresaria? El desafío no es que dejemos de ser trans, sino que podamos interpretar toda clase de personajes.
En México todavía se destaca de manera amarillista cuando una mujer trans aparece en una producción. ¿En Argentina también sucede?
Argentina ha tenido mujeres trans que hicieron historia dentro del espectáculo. Cris Miró y Florencia de la V abrieron un camino enorme y ayudaron a visibilizarnos.
Al comienzo fueron muy atacadas por una prensa amarillista, pero eso comenzó a diluirse y actualmente son reconocidas como grandes artistas. En Argentina se las respeta muchísimo.
Yo consumo muchos medios mexicanos y conozco a figuras como Wendy Guevara. Me llama la atención que, en ocasiones, algunas personalidades recurran al humor o hagan aclaraciones sobre su identidad para evitar que la sociedad las condene.
No digo que Argentina sea un país completamente avanzado, porque la discriminación y la violencia siguen existiendo. Sin embargo, siento que aquí tenemos un poco más de libertad respecto a las diversidades. Podemos realizar el cambio registral en nuestro documento y nuestra identidad tiene un reconocimiento legal.
En Argentina existe la figura del travesticidio y hemos tenido casos como el de Diana Sacayán. Su lucha se convirtió posteriormente en parte fundamental de la Ley de Cupo Laboral Travesti Trans “Diana Sacayán-Lohana Berkins”.
Aquí la violencia suele manifestarse de formas más simbólicas. Por ejemplo, cuando una persona trans busca trabajo y no la contratan debido a su identidad. También existe violencia en las redes sociales, pero en la vida cotidiana generalmente podemos caminar, utilizar el transporte público o entrar a un comercio sin que alguien nos lo impida.
Yo vivo en San Pedro, una ciudad ubicada aproximadamente a dos horas de Buenos Aires, y desarrollo mi vida con normalidad. Eso no significa que no existan personas conservadoras, sino que la presencia de las personas trans y travestis se ha naturalizado un poco más.
La televisión también influyó. Durante muchos años hubo travestis y mujeres trans en programas importantes y con altos niveles de audiencia. Aunque varias de esas apariciones estuvieron rodeadas de amarillismo, permitieron que muchas familias entendieran, al menos, que existíamos.

Participaste en Yo nena, yo princesa y en
En el barro. ¿Qué aprendiste sobre quién tiene derecho a contar las historias trans?
En Yo nena, yo princesa, el director Federico Palazzo tomó con mucho respeto la historia del libro. Se trata de una madre cuya hija, a los tres años, le dice: “Mamá, yo nena, yo princesa”.
Esa mujer, dentro de un contexto difícil y frente a un padre muy machista, decide acompañar a su hija. Comienza a buscar información, habla con la escuela, con los docentes, con la familia y con todo su entorno para que la niña pueda crecer libre y feliz.
Es una película conmovedora, profunda y basada en un caso real. Considero que la historia fue abordada con el compromiso y la importancia que merecía.
En el barro tiene un tono completamente distinto. En cuanto a la producción, encontré mucho profesionalismo, compañerismo y respeto. No importaba si alguien era una figura reconocida o tenía una participación pequeña: todas éramos tratadas con la misma seriedad.
Mi personaje muestra una realidad que tampoco podemos negar: lo que sucede con las personas trans y travestis dentro de las cárceles. Hasta hace no demasiado tiempo, en Argentina podían enviarnos a prisiones de hombres. Actualmente existen pabellones trans o destinados a las diversidades.
Esos cambios no fueron regalos. Son resultado de una lucha colectiva. Para conseguir un documento, atención médica, espacios seguros dentro de las cárceles o cualquier otro derecho, hubo personas trans y travestis que salieron a las calles, se enfrentaron con la policía y pusieron el cuerpo.
Aunque algunos gobiernos puedan estar más presentes que otros, nuestros derechos nacieron principalmente de nuestra propia organización.
Tu historia también inspiró el libro infantil
Soy Alexa. ¿Qué te habría gustado leer cuando eras niña?
Actualmente elijo leer a mujeres y personas de la diversidad. Admiro profundamente a Camila Sosa Villada, autora de Las malas, y también leo a Pedro Lemebel. Sus obras me permiten profundizar en mi identidad y en mi lucha.
Cuando era niña, me habría gustado encontrar algo que rompiera con la norma. Mi infancia estuvo marcada por parámetros muy conservadores: lo que supuestamente era para los varones y lo que correspondía a las mujeres. No existían demasiadas posibilidades de salir de esas categorías.
Soy Alexa cuenta mi infancia, pero no fue un libro escrito por mí. Eso hace que su origen sea todavía más hermoso: lo crearon estudiantes de una escuela secundaria de San Pedro.
Ellos veían mi trabajo y mi activismo en la ciudad y quisieron contar la historia de una chica trans de su comunidad. El proyecto nació con una dimensión pequeña, pero terminó atravesando todas las barreras.
Para nuestra sorpresa, comenzó a venderse en diferentes partes de Argentina. Fue maravilloso pensar que un libro sobre mi historia podía encontrarse en librerías de lugares muy alejados de mi ciudad.

¿Qué prejuicios contra las actrices y los actores trans permanecen incluso en espacios que se presentan como inclusivos?
En las grandes cadenas y producciones todavía existe una tendencia a sexualizar a las actrices trans. Muchas veces se nos convoca para mostrar el cuerpo o representar personajes construidos únicamente desde lo sexual.
En los espacios independientes o under encontramos mayores posibilidades de mostrarnos desde otros lugares. Argentina tiene una escena teatral enorme y hay muchas actrices trans trabajando en ella.
El teatro permite colocar a una actriz sobre el escenario, incluso sin grandes elementos, para sostener una historia durante una hora y media a través de su voz, su presencia y su talento, sin necesidad de exhibir su cuerpo.
En esos teatros pequeños existe un semillero de actrices enormes que todavía no han recibido una oportunidad dentro de las producciones comerciales.
Yo tuve la fortuna de comenzar con una película como Yo nena, yo princesa y después participar en En el barro, una producción que alcanzó una audiencia internacional a través de Netflix. Aun así, continúo preparándome.
Quiero estar lista para actuar tanto frente a diez personas en un teatro independiente como dentro de una producción de alcance mundial. Lo importante es que las personas trans y travestis encontremos en el arte un canal para contar quiénes somos.
También expresaste un gran cariño por México. ¿Cómo observas la relación entre ambos países?
En Argentina consumimos e idolatramos muchas expresiones de la cultura mexicana. Crecimos viendo El Chavo del 8, las telenovelas mexicanas y a figuras como María Félix, Verónica Castro, Thalía y Juan Gabriel.
No comprendo por qué se nos ha catalogado como personas soberbias. Argentina es un país con fronteras abiertas y una sociedad que puede ser muy solidaria. Incluso Lionel Messi, que nació en Rosario, cerca de donde vivo, es una persona muy sencilla y cercana.
Amo a México, sus pueblos originarios, sus lenguas, su música, su literatura y su arte. Es un país extraordinariamente rico. En otras partes del mundo observamos a México con muchísima admiración.
Como latinoamericanos deberíamos construir mayor unidad. Nos hermana el idioma, pero también muchas luchas y experiencias. Las nacionalidades no deberían impedirnos reconocer que somos personas con problemas, sueños y necesidades similares.
¿Qué relación construiste con tu cuerpo después de tantos años de enfrentar juicios sobre tu identidad y apariencia?
La transición de las personas trans puede estar atravesada por muchas violencias, especialmente cuando comienza a una edad temprana.
Mirarte al espejo y sentir que ese cuerpo, ese rostro, esos rasgos o esa genitalidad no te representan puede convertirse en un proceso muy doloroso. Muchas personas quedan en el camino porque no logran sostener una etapa tan difícil.
Con los años aprendí a aceptar mi cuerpo. El deporte fue una herramienta fundamental porque yo no tenía los recursos económicos para acceder a cirugías que acompañaran lo que sentía internamente.
A través del ejercicio pude fortalecer y transformar mi cuerpo para acercarlo a la mujer que quería construir. El deporte fue mi terapia durante muchos años. También me ayudó a insertarme en la sociedad y produjo cambios muy positivos en mi vida.
Ahora que tantas infancias y adolescencias pasan gran parte del día frente a una pantalla, el deporte puede ayudar a combatir la ansiedad y otros problemas de salud mental. Salir al sol, caminar, patinar o andar en bicicleta puede abrir otro camino.
La sociedad nunca parece estar conforme. Cuando te percibe como hombre, te juzga porque supuestamente pareces mujer; cuando te reconoce como mujer, te dice que pareces hombre. En algún momento tenemos que dejar de intentar satisfacer a los demás y comenzar a amarnos.
En Argentina, la Ley de Identidad de Género permite acceder gratuitamente a tratamientos de hormonización dentro del sistema público. También se contemplan algunas cirugías, aunque la demanda provoca tiempos de espera prolongados.
Ese acompañamiento ofrece esperanza a muchas personas trans que no cuentan con recursos económicos. No sabemos cuántas compañeras y compañeros quedaron en el camino por no poder vivir en un cuerpo con el cual se identificaran.

Para finalizar, ¿qué sueño artístico te daría miedo cumplir porque significaría dejar atrás a la Alexa que tuvo que luchar para llegar hasta aquí?
Mi temor sería que las únicas oportunidades dentro del medio artístico continuaran obligándonos a mostrar una sola faceta y que tuviéramos que conformarnos con eso.
Deseo que exista una apertura hacia otros personajes y universos. Entiendo que para cierta parte de la sociedad puede resultar morboso observarnos únicamente desde los lugares oscuros, pero el verdadero desafío cultural consiste en mostrar todas nuestras dimensiones.
No quiero que la gente piense en mí solamente desde una esquina vinculada con la prostitución o las adicciones. También quiero que pueda imaginarme en el deporte, haciendo arte, sentada bajo el sol tomando mate o compartiendo un momento con mis amistades.
Hay muchas otras historias que pueden contarse sobre nosotras.
Quiero confiar en que los directores y productores acompañan nuestra lucha, pero al momento de construir personajes todavía suelen reducirnos a los mismos lugares. Por eso también debemos prepararnos para escribir libros, dirigir películas, elegir repartos y producir nuestras propias historias.
Las malas, de Camila Sosa Villada, tendrá una adaptación cinematográfica y eso resulta esperanzador porque puede aportar una mirada travesti a la producción.
Una persona cisgénero puede acompañarnos y trabajar con respeto, pero existen experiencias que solamente nosotras sabemos cómo contar.
Es momento de que las personas trans y travestis no seamos únicamente los personajes: también debemos convertirnos en quienes escriben, dirigen y deciden cómo se narran nuestras vidas.



