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“La monja de las trans” dejó los hábitos tras casi 40 años, pero mantiene su compromiso con la comunidad

hace 2 días
3 min de lectura

Durante aproximadamente cuatro décadas, Mónica Astorga Cremona llevó una vida de clausura dentro de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Sin embargo, su historia cambió cuando comenzó a escuchar a mujeres trans que habían enfrentado expulsión familiar, violencia, pobreza, adicciones y exclusión social en la provincia argentina de Neuquén.


Mónica Astorga, conocida como “la monja de las trans”, acompañó durante casi 20 años a mujeres trans en Neuquén, Argentina.

Conocida como “la monja de las trans”, Astorga acompañó durante casi 20 años a integrantes de esta población. Su labor provocó tensiones dentro de la Iglesia y, después de un proceso marcado por cuestionamientos y rechazo, el Vaticano aceptó en 2024 su desvinculación de la orden religiosa.


El encuentro que transformó su vocación


La historia comenzó en 2006, cuando Romina, una mujer trans que atravesaba una profunda depresión, acudió a una parroquia de Neuquén.


El sacerdote del lugar la puso en contacto con Mónica, quien hasta ese momento nunca había conversado directamente con una persona trans.


La religiosa decidió escucharla sin pretender conocer una realidad que le resultaba nueva. Días después, Romina regresó acompañada por otras mujeres que compartían historias de discriminación, trabajo sexual, consumo problemático y abandono.


Una de ellas, conocida como Katy o Katiana, expresó un deseo que marcaría para siempre a Mónica: quería tener una cama limpia donde pudiera morir. La frase evidenciaba la precariedad y violencia bajo las que sobrevivían muchas mujeres trans de la región.

Mónica convirtió aquella petición en un llamado a la acción.



De una casa de encuentro a un complejo habitacional


Su acompañamiento no se limitó a la oración. Con el respaldo de distintas personas, organizaciones e instituciones, Astorga impulsó espacios de capacitación, una peluquería, un taller de costura y programas para atender consumos problemáticos.


En 2010 abrió la Casa Santa Teresita, un espacio destinado a recibir a mujeres trans que salían del hospital y necesitaban un lugar seguro. Con el paso del tiempo, el proyecto llegó a recibir a cientos de personas y se transformó en una red de acompañamiento administrada también por las propias mujeres trans.


Uno de sus mayores logros llegó en agosto de 2020 con la inauguración del Complejo Habitacional Costa Limay, construido en un terreno cedido por el municipio de Neuquén y financiado por el gobierno provincial.


El complejo cuenta con 12 departamentos destinados a mujeres trans y travestis adultas en situación de vulnerabilidad. El proyecto materializó aquella petición inicial: una puerta con llave, una ducha propia y una cama limpia, pero ya no únicamente para morir, sino para comenzar una vida diferente.



Mónica Astorga, conocida como “la monja de las trans”, acompañó durante casi 20 años a mujeres trans en Neuquén, Argentina.


Los conflictos dentro de la Iglesia


Aunque Mónica recibió durante años el apoyo del papa Francisco, su labor también generó resistencia entre integrantes de la Iglesia católica.


Astorga aseguró que, a finales de 2020, comenzaron a cuestionarla por considerar que el acompañamiento pastoral a personas trans no correspondía con la vida contemplativa de una carmelita. También surgieron señalamientos sobre sus salidas del monasterio y el tiempo dedicado a los proyectos sociales, acusaciones que ella rechazó.


Después de alejarse temporalmente de Neuquén, intentó continuar su vida religiosa en un convento de Córdoba. Sin embargo, relató que ahí también enfrentó comentarios y objeciones relacionados con su trayectoria.


Ante el deterioro de su salud emocional y el temor de perder incluso su fe, solicitó la dispensa de sus votos. El Vaticano aceptó su desvinculación de las Carmelitas Descalzas en 2024, cuando habían transcurrido cerca de 40 años desde su ingreso al monasterio.


No obstante, existen diferentes interpretaciones sobre su salida. Mientras Astorga ha relacionado el proceso con la hostilidad que enfrentó por acompañar a mujeres trans, representantes de la orden señalan que también intervinieron conflictos internos, la reducción de integrantes en los conventos y su decisión de comenzar una nueva etapa.



Una nueva vida fuera del convento



Salir de la vida religiosa significó comenzar prácticamente desde cero. Mónica no tenía ahorros, salario acumulado ni aportes para una jubilación. Además, atravesó una fuerte depresión.


Actualmente vive en Buenos Aires y se formó en podología. Desde esa profesión continúa atendiendo y acompañando a personas en condiciones de vulnerabilidad, incluyendo mujeres trans, habitantes de la calle y pacientes del Hospital Borda.


Las mismas mujeres a quienes acompañó durante años fueron parte fundamental de su nueva vida: algunas la ayudaron económicamente y colaboraron para equipar su casa y su espacio de trabajo.


Aunque ya no utiliza el hábito, Mónica asegura que su fe continúa presente. Para muchas de las mujeres trans que conoció en Neuquén, ella sigue siendo “la hermanita Mónica”; para Katy, continúa siendo su madre.


Su historia demuestra que el acompañamiento puede trascender instituciones, títulos y vestimentas. Después de casi cuatro décadas dentro de un monasterio, Mónica Astorga dejó de ser monja, pero no abandonó la misión que marcó su vida: escuchar, defender y reconocer la dignidad de las personas trans.






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