
Jessica, la artista trans boliviana que desafía los estereotipos: “Yo como mujer trans no voy a actuar solo de mujer trans toda la vida”
Desde Bolivia, la actriz, cineasta, escritora y cantante comparte su historia de autodescubrimiento, los desafíos de vivir su identidad antes de la Ley de Identidad de Género y su lucha por transformar la representación de las personas trans en el arte y los medios de comunicación.

El arte ha sido mucho más que una profesión para Jessica. A través del cine, la música, la actuación y la escritura, la artista boliviana ha construido una trayectoria marcada por la creatividad, la irreverencia y una constante búsqueda de libertad. Su historia también está atravesada por la discriminación, la resistencia y el cuestionamiento de los estereotipos que todavía condicionan las oportunidades de las personas trans.
Desde muy pequeña sabía que su vida estaría vinculada con una identidad femenina, aunque durante años no encontró las palabras para explicar aquello que sentía. Fue durante sus estudios cinematográficos en Cuba, en 2009, cuando el documental Tacones cercanos le permitió reconocer experiencias similares a las suyas y comenzar a comprender su identidad.
Su transición social comenzó en Bolivia antes de la promulgación de la Ley de Identidad de Género de 2016. En ese proceso enfrentó discriminación en espacios universitarios y artísticos, pero también encontró en la música, el cine independiente y los escenarios alternativos lugares desde los cuales desarrollar su carrera.
Su trabajo abarca la actuación, la dirección audiovisual, la poesía y distintos proyectos musicales vinculados con el rock, el punk y la experimentación. Sin embargo, uno de sus principales cuestionamientos es que la industria cultural continúe considerando a las artistas trans únicamente cuando necesita representar personajes relacionados con su identidad de género.
En entrevista exclusiva con Ámame Trans MX, Jessica habla sobre su historia, las limitaciones que enfrentan las personas trans en Bolivia, la importancia de construir nuevas narrativas audiovisuales y su convicción de que el talento artístico no debería quedar reducido a una etiqueta.
Durante tus estudios de cine en Cuba conociste el documental Tacones cercanos, una experiencia que te ayudó a comprender tu propia identidad. ¿Qué encontraste en aquella historia que todavía no habías podido nombrar sobre ti misma?
Muchísimas gracias por la invitación. Es un placer estar aquí.
Recuerdo aquella época, en 2009, cuando estaba estudiando en La Habana. Una compañera de mi facultad, Jessica Rodríguez, que se encontraba en cursos más avanzados, presentó ese documental en un festival de cine. Yo estuve en el estreno y fue una experiencia muy importante para mí.
Desde chiquita sabía que era una mujer. Tal vez durante mi niñez no podía vivir como una, pero siempre me imaginaba siendo una mujer adulta. Tenía como referente a mi madre, a quien veía muy elegante, hermosa, pero sobre todo como una mujer decidida y fuerte.
Mi madre enfrentó situaciones de machismo y relaciones difíciles. A pesar de eso, tuvo la fortaleza para salir adelante, ser independiente y criar a cuatro hijos. Yo admiraba muchísimo esa resiliencia y de alguna manera quería verme como ella.
Sabía que algún día iba a vivir como mujer. No tenía idea de cómo lo conseguiría, pero estaba convencida de que sucedería.
El problema era que no tenía las palabras para nombrarlo. Durante mi adolescencia escuchaba que me llamaban gay o utilizaban palabras despectivas, pero yo pensaba que esa definición no correspondía con lo que sentía.
Incluso me gustaban las mujeres, entonces me preguntaba qué era realmente.
En aquella época, hace unos 20 o 25 años, lo más cercano que escuchaba era la palabra travesti, pero se utilizaba para describir a un hombre que se vestía de mujer durante las noches. Yo no me identificaba con esa explicación porque no quería vestirme de mujer ocasionalmente: quería vivir plenamente como una mujer, todos los días.
En Bolivia ya había visto una película que me había marcado, La ley de la noche, dirigida por Diego Torres Peñalosa en 2005. La historia abordaba la vida de una travesti trabajadora sexual que conoce a un hombre y desarrolla una relación romántica.
También participaba la familia Galán, un colectivo de drag queens que rompió muchos esquemas dentro de la escena LGBT boliviana. Recuerdo especialmente a París Galán, quien falleció hace pocos meses y a quien tuve la oportunidad de conocer y admirar.
Aquella película fue uno de mis primeros acercamientos a esas realidades desde el cine, pero todavía no encontraba una experiencia que describiera completamente lo que me sucedía.
Eso cambió con Tacones cercanos.
El documental presentaba la historia de una muchacha que contaba cómo desde niña se imaginaba siendo mujer, utilizaba la ropa de su madre, se maquillaba y buscaba lugares donde pudiera expresarse sin que nadie la viera.
Era como escuchar mi propia historia.
Recuerdo que durante gran parte del documental ella aparecía con una parte del rostro cubierta por su cabello. Yo me preguntaba por qué lo hacía. Hacia el final cuenta que unos hombres, desde un automóvil, le habían arrojado ácido en el rostro mientras caminaba por Quinta Avenida.
Fue algo muy fuerte. Me hizo comprender también la violencia y el estigma que enfrentaban las mujeres trans, incluso en un país como Cuba, que para mí era una realidad distinta de la boliviana.
Jessica Rodríguez explicaba que había elegido el título como una referencia a Tacones lejanos, de Pedro Almodóvar, pero que en su documental los tacones eran cercanos porque esas historias ocurrían en nuestras propias calles, aunque muchas veces no las viéramos.
Después del estreno salimos a cenar y yo comencé a llorar. Le dije: “Hermana, eso es lo que yo soy. De alguna manera estás describiendo lo que me pasa”.
Poco tiempo después empecé a buscar información en internet. Encontré el término transexualidad y leí que la identidad de género de una mujer trans no determina su orientación sexual, que podía ser bisexual, lesbiana o pansexual.
Fue un descubrimiento enorme. Tenía 19 años y finalmente había encontrado una palabra que, en aquel momento, me permitía comprender quién era.

Durante tus estudios de cine en Cuba conociste el documental Tacones cercanos, una experiencia que te ayudó a comprender tu propia identidad. ¿Qué encontraste en aquella historia que todavía no habías podido nombrar sobre ti misma?
Muchísimas gracias por la invitación. Es un placer estar aquí.
Recuerdo aquella época, en 2009, cuando estaba estudiando en La Habana. Una compañera de mi facultad, Jessica Rodríguez, que se encontraba en cursos más avanzados, presentó ese documental en un festival de cine. Yo estuve en el estreno y fue una experiencia muy importante para mí.
Desde chiquita sabía que era una mujer. Tal vez durante mi niñez no podía vivir como una, pero siempre me imaginaba siendo una mujer adulta. Tenía como referente a mi madre, a quien veía muy elegante, hermosa, pero sobre todo como una mujer decidida y fuerte.
Mi madre enfrentó situaciones de machismo y relaciones difíciles. A pesar de eso, tuvo la fortaleza para salir adelante, ser independiente y criar a cuatro hijos. Yo admiraba muchísimo esa resiliencia y de alguna manera quería verme como ella.
Sabía que algún día iba a vivir como mujer. No tenía idea de cómo lo conseguiría, pero estaba convencida de que sucedería.
El problema era que no tenía las palabras para nombrarlo. Durante mi adolescencia escuchaba que me llamaban gay o utilizaban palabras despectivas, pero yo pensaba que esa definición no correspondía con lo que sentía. Incluso me gustaban las mujeres, entonces me preguntaba qué era realmente.
En aquella época, hace unos 20 o 25 años, lo más cercano que escuchaba era la palabra travesti, pero se utilizaba para describir a un hombre que se vestía de mujer durante las noches. Yo no me identificaba con esa explicación porque no quería vestirme de mujer ocasionalmente: quería vivir plenamente como una mujer, todos los días.
En Bolivia ya había visto una película que me había marcado, La ley de la noche, dirigida por Diego Torres Peñalosa en 2005. La historia abordaba la vida de una travesti trabajadora sexual que conoce a un hombre y desarrolla una relación romántica.
También participaba la familia Galán, un colectivo de drag queens que rompió muchos esquemas dentro de la escena LGBT boliviana.
Recuerdo especialmente a París Galán, quien falleció hace pocos meses y a quien tuve la oportunidad de conocer y admirar.
Aquella película fue uno de mis primeros acercamientos a esas realidades desde el cine, pero todavía no encontraba una experiencia que describiera completamente lo que me sucedía.
Eso cambió con Tacones cercanos.
El documental presentaba la historia de una muchacha que contaba cómo desde niña se imaginaba siendo mujer, utilizaba la ropa de su madre, se maquillaba y buscaba lugares donde pudiera expresarse sin que nadie la viera.
Era como escuchar mi propia historia.
Recuerdo que durante gran parte del documental ella aparecía con una parte del rostro cubierta por su cabello. Yo me preguntaba por qué lo hacía. Hacia el final cuenta que unos hombres, desde un automóvil, le habían arrojado ácido en el rostro mientras caminaba por Quinta Avenida.
Fue algo muy fuerte. Me hizo comprender también la violencia y el estigma que enfrentaban las mujeres trans, incluso en un país como Cuba, que para mí era una realidad distinta de la boliviana.
Jessica Rodríguez explicaba que había elegido el título como una referencia a Tacones lejanos, de Pedro Almodóvar, pero que en su documental los tacones eran cercanos porque esas historias ocurrían en nuestras propias calles, aunque muchas veces no las viéramos.
Después del estreno salimos a cenar y yo comencé a llorar. Le dije: “Hermana, eso es lo que yo soy. De alguna manera estás describiendo lo que me pasa”.
Poco tiempo después empecé a buscar información en internet. Encontré el término transexualidad y leí que la identidad de género de una mujer trans no determina su orientación sexual, que podía ser bisexual, lesbiana o pansexual.
Fue un descubrimiento enorme. Tenía 19 años y finalmente había encontrado una palabra que, en aquel momento, me permitía comprender quién era.
Comenzaste tu transición social en Bolivia antes de que existiera la Ley de Identidad de Género. ¿Cómo condicionó la falta de reconocimiento legal tus oportunidades como estudiante y artista? ¿Qué obstáculos continúan enfrentando actualmente las personas trans bolivianas?
Es una pregunta muy importante porque hay algo sobre la situación legal de Bolivia que mucha gente desconoce.
En 2016 se promulgó la Ley de Identidad de Género, pero aproximadamente un año y medio después ocurrió una situación que limitó considerablemente su alcance.
Un grupo de diputados ultraconservadores presentó una acción ante el Tribunal Constitucional Plurinacional argumentando que algunos artículos de la ley eran inconstitucionales.
La controversia surgió, entre otras cosas, porque una mujer trans contrajo matrimonio con un hombre y convirtió su boda en un acontecimiento mediático. Estos diputados argumentaron que ese matrimonio contradecía la Constitución boliviana de 2009, que establece el matrimonio entre un hombre y una mujer.
La Ley de Identidad de Género contemplaba que, al modificar sus datos de sexo, las personas trans adquirían los derechos y obligaciones correspondientes a su género reconocido.
Eso incluía cuestiones muy concretas. Por ejemplo, en Bolivia los varones tienen obligaciones relacionadas con el servicio militar, por lo que los hombres trans también se encontraban frente a esas disposiciones.
Sin embargo, el Tribunal Constitucional terminó declarando inconstitucional una parte específica de la ley relacionada con esos derechos y obligaciones.
Muchas compañeras iniciaron una huelga de hambre que duró casi una semana, exigiendo una aclaración de la sentencia.
Posteriormente, el Tribunal emitió una resolución aclaratoria en la que reconocía derechos como la educación, la salud y el trabajo, pero establecía limitaciones en otros ámbitos bajo el argumento de que podían afectar los derechos de terceras personas.
Entre esos ámbitos se encontraban el matrimonio, la adopción, la confidencialidad en determinadas competencias y la paridad y alternancia política.
Los argumentos eran muy cuestionables. Por ejemplo, se planteaba que una mujer trans podía afectar los derechos de su esposo porque no podía embarazarse, o que su participación en determinados cargos políticos podía quitarle un espacio a una mujer cisgénero.
Es una situación que considero profundamente injusta.
También se estableció que esos derechos debían volver a regularse mediante la Asamblea Legislativa Plurinacional, pero el tema quedó pendiente.
Han pasado distintos gobiernos: Evo Morales, Jeanine Áñez, Luis Arce y ahora Rodrigo Paz. Durante la campaña de 2020 hubo promesas de restituir esos derechos, pero no se concretaron.
Es importante hablar de esto porque muchas personas creen que, por existir una Ley de Identidad de Género, todos nuestros derechos están garantizados, y no es así.
En cuanto a mi experiencia personal, yo inicié mi transición social mucho antes de que existiera esa legislación. No sabía siquiera si algún día Bolivia reconocería legalmente nuestra identidad.
Fue muy difícil continuar estudiando mientras mis documentos todavía tenían un nombre y un marcador de sexo masculinos.
Sufrí mucho bullying en la universidad, tanto de compañeros como de docentes.
También enfrenté discriminación dentro del mundo artístico. Prácticamente hice mi transición frente al público. La gente me vio cantar y actuar antes y después de comenzar ese proceso.
A mí eso no me incomoda. Soy actriz y me gusta interpretar distintos personajes. Incluso disfruto mucho el doblaje porque puedo jugar con mi voz.
Pero dentro de la escena del rock, el metal y el punk encontré personas que, a pesar de pertenecer a espacios considerados alternativos, mantenían ideas muy conservadoras.
Había quienes decían que estaba disfrazada, que fingía ser mujer o que sabían quién era realmente.
A pesar de todo, seguí trabajando.
Participé en distintas bandas y encontré espacios que abrían sus puertas a la diversidad, como Malacroste, un bar underground de La Paz donde siempre fui bienvenida y pude realizar muchos espectáculos.
Creo que mi propia existencia también ayudó a que algunas personas cambiaran su manera de pensar.
Amigos del cine y de la música que antes tenían actitudes machistas u homofóbicas comenzaron a aprender y a cuestionar sus prejuicios. Algunos de ellos siguen siendo mis amigos.
En México hablamos mucho de resiliencia para describir a quienes, pese a la discriminación y los obstáculos, continúan defendiendo su identidad. ¿Consideras que esa fortaleza ha sido fundamental en tu trayectoria?
Por supuesto.
He conocido personas que han desistido de sus proyectos musicales e incluso de sus procesos de transición debido a la discriminación.
Pero yo siempre tuve muy claro que no iba a vivir como varón. Por más que me insultaran, me golpearan o intentaran hacerme cambiar de opinión, sabía quién era.
Cuando comencé mi terapia hormonal también ocurrió algo curioso. Personas que antes me habían discriminado comenzaron a acercarse para decirme que estaba muy hermosa.
Y eso me llevó a reflexionar sobre otra forma de machismo.
Antes de mi transición, cuando hacía algo bien, me decían que era un genio, un capo o un máster.
Después de transicionar, el máximo halago que recibía era que estaba bonita, hermosa o cada vez más hermosa.
Me parecía muy gracioso, pero al mismo tiempo revelador.
A los hombres se les reconoce por su inteligencia, sus capacidades y sus logros. A las mujeres, muchas veces, se les reduce a su apariencia física.
Es algo que también he experimentado y que demuestra cómo funciona el machismo.
Creo que en momentos difíciles no queda otra alternativa que continuar siendo resiliente.
Has trabajado como actriz y cineasta. ¿La industria audiovisual te ha permitido construir personajes complejos o todavía intenta reducir a las actrices trans a historias relacionadas exclusivamente con su identidad de género y el sufrimiento?
Ese es uno de los temas contra los que más lucho.
Todavía existe la idea de que una mujer trans tiene que aparecer en una historia relacionada con el trabajo sexual, la discriminación, el asesinato o el sufrimiento.
Son estereotipos que se repiten constantemente.
Incluso he perdido oportunidades laborales por esa manera de pensar.
Una amiga que trabaja en cine me contó que durante una producción propuso que me consideraran para determinado personaje. La respuesta fue que no había ningún papel trans en la película.
Es decir, estaban esperando a que existiera un personaje específicamente trans para pensar en mí.
Lo mismo sucede en la publicidad. Algunas marcas o instituciones solamente buscan a una actriz trans cuando necesitan cubrir una cuota de inclusión.
Para mí eso es terrible.
Recientemente vi un documental sobre cine LGBT en Suecia donde un cineasta reflexionaba sobre el creciente número de personas trans que estudian actuación y cinematografía.
Planteaba que, si continuamos ofreciendo a las actrices y actores trans únicamente personajes trans, en realidad no habremos cambiado demasiado.
Estoy de acuerdo en que las personas trans interpreten personajes trans. Es importante que tengan oportunidades laborales y puedan contar sus propias historias.
Pero eso no significa que deban quedar encasilladas.
Yo, como mujer trans, no voy a actuar solamente de mujer trans durante toda mi vida.
Soy actriz y quiero interpretar personajes distintos.
Me encanta el doblaje. Puedo hacer la voz de un monstruo, una niña, una estrella de mar o una nube parlanchina. No importa si el personaje es humano o fantástico.
Eso es actuar.
No tendría sentido preguntarse si la nube es trans para decidir si puedo interpretarla.
También me preocupa que las producciones contraten a una actriz trans, pero mantengan guiones escritos desde una mirada completamente ajena a nuestras experiencias.
Puedes tener a una mujer trans frente a la cámara, pero si quienes escriben, producen y dirigen reproducen los mismos prejuicios, el resultado puede continuar siendo machista, heteronormativo y estereotipado.
Por eso considero fundamental que existan más personas trans detrás de las cámaras, escribiendo, produciendo y dirigiendo.
Hace algunos años tuve una experiencia que ejemplifica esto.
Una organización lanzó una convocatoria para producir un videoclip contra la homofobia y la transfobia.
Decidí participar junto con Iván López, un amigo y colega cineasta que falleció hace dos años. Él era un hombre cisgénero heterosexual, pero siempre respetó mi identidad. Me trataba como a una hermana y trabajábamos muy bien juntos.
Nuestra propuesta era que él produjera y yo dirigiera.
Preparamos el proyecto, escribimos el guion y enviamos nuestra carpeta, pero no ganamos.
Tiempo después, la productora seleccionada me contactó para ofrecerme un papel en su videoclip.
Cuando leí el guion descubrí que trataba sobre un joven gay asesinado a balazos y una mujer trans, su mejor amiga, que al enterarse de su muerte terminaba suicidándose.
Me molestó muchísimo.
Les pregunté quién había escrito esa historia porque me parecía excesivamente victimista.
El mensaje que estaban transmitiendo era que, si eres una persona LGBT+, tu destino es morir trágicamente.
No quería participar en una narrativa así.
Nuestra propuesta era diferente. Contaba la historia de una joven trans que era expulsada de su hogar, pero encontraba maneras de salir adelante y perseguir su sueño de convertirse en cantante.
Reconozco que quizá era una historia un poco romantizada, porque no todas las personas tienen las mismas oportunidades económicas o sociales para cumplir sus sueños.
Pero quería mostrar una posibilidad distinta.
Estoy cansada de que nuestras historias siempre terminen en tragedia.
Con Iván también trabajamos en el guion de un cortometraje sobre una mujer trans que había vivido durante años sin que las personas de su entorno supieran que era trans. Tenía estudios, una carrera profesional y una vida económicamente acomodada.
Sin embargo, cuando en su trabajo descubrían su identidad, todo comenzaba a derrumbarse.
Exploramos seis o siete finales posibles porque no queríamos una conclusión trágica, pero tampoco una solución demasiado fácil.
Para mí fue un ejercicio importante de escritura y dirección, precisamente porque intentábamos alejarnos de los clichés.

Has participado en proyectos artísticos que han llegado a espacios internacionales. ¿Cómo distinguir una visibilidad verdaderamente transformadora de aquella que solamente utiliza a las personas trans como una cuota de diversidad?
Creo que la línea puede ser muy delgada.
Siempre estoy dispuesta a participar en proyectos donde se valore el talento, la creatividad, el compromiso, la responsabilidad y el trabajo, más allá de que una persona sea trans.
Últimamente incluso he desarrollado una reflexión política y filosófica en la que llego a cuestionar la propia etiqueta trans. Es parte de un libro que estoy escribiendo.
No significa desconocer mi historia, sino cuestionar los estereotipos que otras personas intentan imponer sobre nuestras identidades.
También existe discriminación dentro de la propia comunidad LGBT+ y de la comunidad trans.
Algunas compañeras me han dicho que no soy realmente trans porque me gustan las mujeres, porque soy bisexual o porque no me he realizado determinadas cirugías.
Es lo que llamamos la policía trans: personas que intentan decidir quién puede identificarse como trans y quién no, a partir de ciertos requisitos o expectativas.
Si no me operé los senos, si no ejercí el trabajo sexual o si mi experiencia no corresponde con la de otras compañeras, entonces supuestamente no soy trans.
Por otro lado, hay sectores transexcluyentes que tampoco reconocen mi identidad como mujer.
Entonces, ¿qué soy para todas esas personas?
He tenido que reflexionar mucho sobre esas contradicciones.
También he encontrado un problema muy fuerte en los medios de comunicación.
Durante varios años, especialmente cuando se acercaba junio, comenzaban a llamarme para entrevistarme.
Yo preguntaba cuál era el tema y muchas veces simplemente me respondían que querían hablar del Orgullo LGBT+.
No me buscaban por mis proyectos artísticos, mis películas, mis canciones o mis publicaciones. Me buscaban porque era junio y necesitaban entrevistar a una persona trans.
En 2018 también recibí muchas solicitudes para hablar de la Ley de Identidad de Género y de la sentencia del Tribunal Constitucional.
Era importante hablar de esos asuntos, por supuesto, pero después parecía que solamente existía para responder preguntas sobre mi identidad.
En una ocasión participé en Libroamericanas: 80 poetas contemporáneas, una publicación que reunía el trabajo de jóvenes poetas latinoamericanas.
Teníamos una presentación en la Feria Internacional del Libro de La Paz y necesitábamos organizar una agenda de medios.
Decidí contactar a los mismos periodistas que me buscaban para hablar del Orgullo.
Los invité a conocer nuestro trabajo literario y asistir a la presentación.
No llegó nadie.
Eso demuestra que muchas veces a los medios les interesa más nuestra identidad como tema de conversación que nuestro trabajo profesional.
Tu carrera musical ha transitado por el rock psicodélico, el ska y el punk anarcofeminista, además de tu proyecto solista y el EP Libertad. ¿Qué puedes expresar mediante la música, incluso desde la irreverencia de una canción como Caca, que no consigues comunicar a través del cine o la actuación?
Creo que el arte es mi lenguaje natural.
Desde pequeña me gustaba crear, dibujar, escribir, cantar y actuar.
Me ha pasado que intento desarrollar una investigación académica, revisar bibliografía y construir una tesis sobre determinado tema, pero simplemente no encuentro la manera de hacerlo.
Entonces pienso: ¿y si mejor escribo una canción sobre esto?
Y la canción sale naturalmente.
Creo que el arte me permite expresar cosas que de otra manera serían mucho más difíciles de comunicar.
También me gusta muchísimo la irreverencia. Nunca he tenido pelos en la lengua.
Desde pequeña me gustaba decir cosas que provocaran risa o incomodaran un poco. Mis padres me decían que no utilizara malas palabras y yo encontraba otras maneras de bromear.
La historia de Caca es muy graciosa.
En una ocasión escuché al entonces presidente Evo Morales decir que tener relaciones con Estados Unidos era como una caca.
Me dio muchísima risa.
Pensaba: ¿cómo puede un presidente utilizar una expresión así? Me parecía completamente disparatada e irreverente.
Durante una semana no podía dejar de reírme al recordarlo.
En aquella época también estaba escuchando y cantando una canción de Carla Bruni. Quería escribir una balada con una armonía parecida, pero no conseguía que funcionara.
Intentaba modificarla, cambiar algunas cosas, pero todo sonaba forzado.
De pronto recordé aquella declaración de Evo Morales y volví a reírme.
Entonces pensé: bueno, si Estados Unidos es una caca, Evo también puede ser una caca. Y los demás políticos también.
Así que terminé pensando que todo era una caca.
De ahí nació la canción.
En ese momento formaba parte de la banda Físico Eléctrico, un grupo muy irreverente, alocado y disparatado.
Nos gustaba escribir canciones a partir de anécdotas que nos sucedían durante reuniones, fiestas o momentos cotidianos.
Podíamos estar tomando vino, vivir una situación graciosa y terminar escribiendo una canción sobre ella.
Caca encajó perfectamente con el espíritu de la banda.
Cuando la interpretábamos en vivo, la gente se reía muchísimo.
Recuerdo que Natalia Manson, la vocalista principal, inicialmente no quería cantarla porque le daba vergüenza pronunciar esa palabra.
Con el tiempo terminó interpretándola y la canción se convirtió en una de las piezas más recordadas de aquella etapa musical.
Años después, tras haber salido de Bolivia,
Natalia regresó de visita al país y volvió a reunirse con sus antiguos compañeros. Durante ese reencuentro interpretaron nuevamente Caca, una canción que muchas personas todavía recordaban y cantaban.
Lo que comenzó como una broma, una crítica política y un ejercicio de irreverencia terminó convirtiéndose en una composición emblemática dentro de mi trayectoria artística.

La historia de Jessica permite observar una realidad que trasciende las fronteras de Bolivia: las personas trans continúan enfrentando barreras para acceder a oportunidades profesionales sin que su identidad de género se convierta en el único elemento por el que son reconocidas.
Su experiencia también plantea una pregunta para la industria cultural y los medios de comunicación: ¿cuánto espacio existe para conocer el talento, las aspiraciones y los logros de las personas trans más allá de las narrativas de discriminación?
Desde la música, la actuación, la dirección cinematográfica y la literatura, Jessica continúa cuestionando esos límites. Su trayectoria demuestra que hablar de representación no consiste únicamente en colocar a personas trans frente a las cámaras, sino también en permitirles crear, dirigir, escribir y protagonizar historias que no estén determinadas exclusivamente por su identidad.
Porque la vida de una mujer trans también puede estar llena de creatividad, humor, irreverencia, talento y sueños que merecen ser contados.



